HAY UNA SALIDA SOCIAL

El Colectivo de Artistas Arttefacto quiere hacer un llamamiento a la mayoría social trabajadora, a quienes están sufriendo directamente la consecuencias de una crisis que está siendo utilizada por el capital como la gran excusa para imponer una serie de medidas que aseguren su dominio sobre las riquezas naturales del planeta, implantando una forma de vida que le asegure obtener el máximo beneficio a costa de aumentar la explotación de la mayoría social trabajadora y eliminando toda capacidad de decidir en una dictadura de lo que llaman mercados que no son otra cosa que dominio del capital sobre todas las instituciones de representación ciudadana.


Lo que puedes encontrar:
  • El poder sanador del Arte, por Miguel Ángel García Vega
  • Silvia Pérez Cruz, Una voz en Libertad
  • ¿Dónde está el arte?, por Jorge Carrión
  • Como el que oye llover, por Juan José Millás
  • Españahogándose, Por Manuel Rivas

EL PODER SANADOR DEL ARTE, por Miguel Ángel garcía Vega

Hace 30 años, el profesor de Arquitectura Roger S. Ulrich publicó un estudio en el que argumentaba que los pacientes que en el hospital tenían una habitación con ventana necesitaban menos medicación para el dolor y se recuperaban antes que los que carecían de ella.

En el despacho de Luis Madero, jefe de servicio de oncohematología del Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid, una luz como de El Greco hiende la ventana. El oncólogo lleva décadas viendo a niños sanar y morir. “El cáncer se cura con medicinas, aunque a veces no bastan. Sin embargo, si ese final llega con sosiego, al menos significa calidad de vida”, reflexiona. Tanto en el mejor desenlace como en el peor, el arte ayuda. La música, por ejemplo, reduce el ritmo cardiaco, la presión arterial y la frecuencia respiratoria. “Relaja, y disminuye el temor a un futuro incierto”, apunta Madero.

En las habitaciones de oncología del Niño Jesús habita un sonido del que resulta imposible zafarse. Un quejido constante: “¡Zas, zas; zas, zas; zas, zas!”. Es labomba. El aparato que filtra la medicación a los chicos. Un recuerdo tan pegajoso de la enfermedad como el traqueteo de las camillas de los celadores. “Por eso la musicoterapia es un ruido distinto”, sostiene Rosalía Lorenzo, una de las psicólogas del centro. Viste una camiseta gris en la que se lee: “Te quiero”. Conoce el valor de las palabras y de no esconder la enfermedad. Ha diseñado la web adolescentesyjovenesconcancer.com para que los chavales conozcan la verdad. “Tienen que saber qué es el cáncer y por qué están aquí”, explica. De repente suenan, como muchos fines de semana, unas panderetas en el hospital. “Los niños improvisan con los instrumentos y reducen la percepción del dolor”, relata Lara García, musicóloga del centro.

A 9.301 kilómetros del hospital madrileño, en la Universidad de Berkeley (California), el psicólogo Dacher Keltner ha descubierto el poder curativo de la Capilla Sixtina. “Las grandes obras de arte estimulan niveles saludables de citoquinas [proteínas esenciales en el sistema inmunológico] y activan circuitos de recompensa en el cerebro que neutralizan el estrés”, detalla. Nadie había reparado en este fenómeno porque los “investigadores se centraban en las emociones negativas”, describe Jennifer Stellar, investigadora de la Universidad de Toronto (Canadá), quien contribuye también al informe. “La ansiedad, el miedo o la tristeza son malas para la salud. Pero el arte, más que un lujo o una experiencia lúdica, es un camino para mantener la vitalidad física y mental”, aclara.

También en Estados Unidos, en Ohio, la Clínica Cleveland es un cubo blanco repleto de arte contemporáneo. Sus médicos reconocen que entrar en un hospital cambia a las personas. “Pueden sentir ansiedad, estrés, dolor. No es un lugar fácil”, desgrana Maria Jukic, responsable del Instituto de Arte y Medicina del centro. Por eso han buscado en la plástica un momento “de levedad”. Y lo han hallado. El 75% de quienes sufren cáncer de pecho admiten que ver las obras rebaja su estrés. Mientras hablo con Jukic, recuerdo los pasos de baile, en Nueva York, de David Leventhal, director del programa Dance for PD, que ofrece clases de baile a enfermos de párkinson. “En una era definida por la pérdida de las conexiones sociales y la inactividad física, la danza contribuye a reconectar con tu propio cuerpo y con el de los demás”, explica por correo electrónico Leventhal.

Es importante reivindicar el complejo valor de esas actividades sencillas, insistía la periodista especializada Karen Weintraub en un artículo en The Boston Globe. “Interpretar música, ver pintura, bailar puede ser el tratamiento más efectivo para la demencia conocido hasta la fecha”. Velázquez y Mozart estimulan áreas del cerebro no afectadas por el alzhéimer. Picasso lo intuyó: “El arte sacude del alma el polvo de la vida cotidiana”

SILVIA PÉREZ CRUZ, Una voz en Libertad


Esta es la historia de una cantante y compositora con una voz en la que el jazz, las habaneras, el flamenco o la música popular conviven pacíficamente y arrastra una legión de seguidores que no para de crecer


El último y sorprendente giro en la historia del fenomenal auge de Sílvia Pérez Cruz (Palafrugell, 1983) lleva por nombre Domus, casa en latín, y contiene las canciones que ha compuesto, interpretado y producido para Cerca de tu casa, un musical sobre el principio del drama de los desahucios y su perversa propaganda, que logró presentar a las víctimas de la crisis como a los verdugos de su propia historia. El disco se publica ahora, la película se estrenará previsiblemente en mayo. Por qué un lanzamiento se adelantó al otro dice tanto de la inquietud de la cantante por cerrar etapas como de las diferencias entre los ritmos de un arte, la música, esencialmente individualista, frente a los del cine, lenta catarsis colectiva. Así, Pérez Cruz pone fin a tres años de trabajo (componer, arreglar, colaborar en el guion, actuar y mezclar el resultado tres veces) desde aquel día en el que el director de la película, Eduard Cortés, la engatusó con un viejo truco: conjurar el nombre de “dos mujeres de enorme fuerza”, Björk y Ada Colau.

La primera era referencia obligada; la experimentadora islandesa sentó un precedente en la unión de narrativa cinematográfica y pop de autor junto a Lars von Trier en Bailar en la oscuridad (2000), dramón cantado y protagonizado por ella del que nadie salió indemne. Ni en la realidad, ni en la ficción. La alcaldesa de Barcelona es, en su faceta de cara visible de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, obvia inspiradora de la historia íntima de un desahucio en 2007, el de la mujer acosada por la vida que interpreta Pérez Cruz en una tragedia coral de corte clásico salpimentada por la música. “Ese fue el mayor reto”, explica la compositora, “dar con el momento en el que en la ficción termina el habla y empiezan las canciones. Tenía que haber una forma natural de pasar de una cosa a otra”.

El primer resultado de la aventura es un disco corto e intenso. Y, como suele suceder con el arte difícil de categorizar de su autora, se describe mejor en negativo. No es exactamente la banda sonora de la película; las canciones, no narrativas, figuran en distinto orden que en el filme y de su escucha no se transparenta gran cosa de la trama. Tampoco es un álbum de canción protesta, la denuncia emana más de una partitura melancólica que del realismo de las letras en castellano, portugués e inglés.

Quería tratar problemas universales, no hablar solo de desahucios”, dice ella. Aunque de eso también haya, sobre todo en el corte que abre el disco, ‘No hay tanto pan’, en el que, con un guiño a los gallos rojos y negros del simpar Chicho Sánchez Ferlosio, Pérez Cruz canta sobre una “gran culpa que no es tuya ni mía”, sobre “discursos, banqueros y trileros”, “bolsos, confeti, cruceros y puteros” y aquellos que “te roban” y encima “te gritan”. Y también de lo “indecente” de un mundo de “gente sin casa y casa sin gente”.

Puedes escuchar el disco completo en:

¿DÓNDE ESTÁ EL ARTE, por Jorge Carrión


Duchamp dijo que no lo buscáramos en los museos, pero a ellos seguimos acudiendo un siglo más tarde
¿Dónde diablos estará el arte contemporáneo? Duchamp nos dijo, medio en broma, medio en serio, que no lo buscáramos en los museos, pero a ellos seguimos acudiendo un siglo más tarde, porque somos tan malos estudiantes que ni en cien años nos hemos aprendido la lección. Y eso hago yo, una vez más, ir al Macba a ver la exposición Especies de espacios, comisariada por Frederic Montornés, con la esperanza de que la sombra de Georges Perec me descoloque, que la tensión sexual no resuelta entre literatura y plástica me teletransporte, que algún proyecto me expulse de la zona de confort que es –en fin– todo museo. Y, voilà, eso es lo que precisamente logra el proyecto La Tienda del Anson.

Por no estar no está ni en el mismo barrio del museo de arte contemporáneo, sino que hay que viajar casi media hora en bus y aterrizar en el Poblenou, el Manchester catalán del siglo XIX, pueblo asediado por galerías de arte y chatarrerías ilegales, edificios icónicos y fábricas abandonadas, tiendas que cierran a la hora de la siesta y turistas que nunca duermen. Balius es ahora, sobre todo, una de las mejores coctelerías de Barcelona. Pero hasta la década pasada fue un imperio local: además de esa droguería ahora convertida en bar y de la tienda de arte/no arte instalada en su viejo almacén, aún tiene ese nombre la sede principal, que se vende por tres millones. “No me dejaron tocar el cartel de la puerta”, cuenta el artista Martí Anson, “porque, en Poblenou, Balius sigue siendo toda una institución”.

Anson es especialista, justamente, en dinamitar instituciones. Lo hace a través del concepto inesperado de empresa. Su primera pieza de impacto, hace 10 años, fue un barco: lo construyó durante 55 días en el interior del centro Arts Santa Mònica, lo bautizó Fizcarraldo y, por supuesto, por cinco centímetros no pudo ser sacado por la puerta. Una empresa imposible, wernerherzogiana. A partir de entonces se hizo empresario: en 2009 creó Pinturas Jiménez, para pintar una galería con colores futboleros; en 2011, Mataró Chauffer Service, para llevar a Londres a dos comisarios de la Tate Modern, y en 2012, Joaquim and Son, marca que pretende recuperar los muebles que su padre creó y vendió en los años sesenta, sin más ánimo que el del servicio a la comunidad y el trabajo bien hecho.

Y en ese proyecto seguimos: ¿qué es este local del Poblenou? ¿Una instalación artística? ¿Una tienda de muebles? ¿Una embajada del Macba? Según como se mire. Por un lado, está el diseño del arquitecto; por el otro, los cojines o las lámparas, obra de otros artistas. Y en el centro y los lados, dándoles sentido, los muebles de Anson, quien después de inventariar toda la producción de su padre y de reproducir algunas piezas artesanalmente, ha optado por su producción industrial. La Tienda del Anson es, para entendernos, un anti-Ikea. A su padre no le gusta el proyecto, se niega a colaborar en él, tal vez porque no ha leído al crítico Boris Groys, quien en Volverse público (Caja Negra) afirma: “El arte ya no se entiende como la producción de obras de arte, sino como la documentación de una vida-como proyecto” o que “la obra se presenta como resultado de una colaboración participativa y democrática”. O que “los padres no leen a los críticos que mejor pueden explicarles la importancia de lo que hacen sus hijos”. O que “según cómo se mire, porque el arte siempre ha estado en la mirada”


COMO EL QUE OYE LLOVER, por Juan José Millás

El hombre grita que le esperen. Se ha retrasado al tomar a su hija en brazos y teme descolgarse por completo del grupo





El hombre grita que le esperen. Se ha retrasado al tomar a su hija en brazos y teme descolgarse por completo del grupo. La carretera, situada en algún lugar de Grecia, conduce a la frontera con Macedonia. El refugiado camina sobre el asfalto porque el terreno, con esta lluvia, debe de estar intransitable. Aún no ha llegado. En todo caso, no nos ha llegado. La fotografía es de septiembre de 2015. Han transcurrido más de cuatro meses y el asunto está peor ahora por la llegada del frío. Da lo mismo, el asunto no se aborda. Significa que el hombre, además de chillar a los suyos, nos interpela a nosotros. Lleva casi cinco meses gritándonos bajo la tormenta:

–¡Joder, haced algo, que llevo a una criatura encima!

Camina por el centro de la calzada, que, al ser un poco curva, evacua el agua hacia los lados. A cambio, se tiene que jugar su vida, y la de la niña. Observen, si no, el coche que se pierde hacia el fondo, por la derecha, y el que se viene hacia acá, por la izquierda. Cada vez que pasa cerca de él un automóvil, se estrella contra su cuerpo una ráfaga de agua en forma de abanico. Si son dos los vehículos que coinciden a su altura, el chaparrón se multiplica. No hace falta señalar que el agua está sucia y aceitosa, porque ha recogido del asfalto los restos de la combustión automovilística. Y el refugiado va mal alimentando, claro: igual lleva dos días sin comer porque solo ha conseguido lo justo para la niña. Pero nada, ahí lo tienen, en pie, gritándole al mundo civilizado que, joder, le eche una mano. El mundo civilizado, como el que oye llover.

elpaissemanal@elpais.es

ESPAÑAHOGÁNDOSE, por Manuel Rivas


He ahí el último y verdadero rostro de la crisis: el grito de los desdentados. De la especulación inmobiliaria a la especulación de los cuerpos. La gente puede sobrevivir sin propiedades, pero todavía necesita un cuerpo para vivir. Es un patrimonio que tienes que mantener con uñas y dientes. El contrapunto al triunfalismo oficial del pos-Gobierno son esos miles de bocas con muelas desahuciadas e implantes hipotecados. Las estadísticas son abstracciones. Las bocas hay que contarlas una a una. Y esta multitud expresionista de bocas desvalijadas, rumiando la estafa con las encías, mostrando el expolio ante las cámaras, es la versión selfie del esperpento.



Veo estos retratos, las bocas abismadas, como un manifiesto de todos los cuerpos vulnerables. De todos los huecos humanos. Los que no se cuentan, en lo que no se cuenta. Esa parte de la realidad que está españahogándose. Qué precisión indómita para inventar un verbo así: españahogarse. Lo hizo Blas de Otero, en Pido la paz y la palabra. Españahogándose, cuánto quería a España esta anti-España. En esa patria triste, en un tiempo que tiraba de los pies “hasta arrancar los huesos de la esperanza”, tuvo el valor de diagnosticarse con un humor bíblico envidiable: “Yo soy un hombre literalmente amado por todas las desgracias”. Y eso es lo que permite una modesta proposición, más clínica que épica, frente a la España del malestar: “He aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz habitable tu ámbito”.


Y aquí estamos, Blas, en el siglo XXI, españahogándonos y creciendo a la vez, con un conflicto iconográfico de dentaduras triunfales y bocas desahuciadas.

Cuando leo informes, triunfalistas o no, me voy a una esquina y me pongo a rumiar cifras y porcentajes como una vaca. Porque sé que esos números están llenos de gente ensilada. Así hice con la tan celebrada Encuesta de Población Activa, “la mejor del ciclo histórico”. Todavía tenía el sabor de las ortigas del informe de Oxfam Intermón, sobre la desigualdad y el aumento de la pobreza, y de la Organización Internacional del Trabajo, donde se denunciaba el régimen deprecariado y el paro juvenil. Documentos que las autoridades económicas obviaron, como si procedieran del Mar de las Palabras Congeladas.

Sigue habiendo más de medio millón de hogares donde nadie tiene un empleo, ningún ingreso

Hay un gran enigma en la Encuesta triunfal. Bajó el desempleo, creció la ocupación, pero lo más asombroso de esa Encuesta es que han desaparecido 567.000 personas. No consigo rumiar esa cifra, y llevo días en el comedero de informes. El hueco equivale a una gran ciudad o a una provincia. Cayeron del mercado laboral, y se habla de ellas como de la hojarasca, pero su hueco es una Islandia. Sólo hay informaciones difusas sobre su paradero. Yo no comprendo este país. Desaparece el Pequeño Nicolás de Gran Hermano VIP y se monta tremendo revuelo. Hay 567.000 personas que en un año se encuentran en paradero estadístico ignorado y nadie parece inquietarse. Dicen que se han desanimado. No creo que la gente se haga invisible o se pierda en la nada por un desánimo. Sigue habiendo más de medio millón de hogares donde nadie tiene un empleo. Ningún ingreso. Hogares donde los paraguas se utilizan dentro. ¿Y si están españahogándose? Dicen que la gente acude menos a los ambulatorios, aunque aumente el malestar físico y psíquico. Por una parte, los desaparecidos de la población activa no necesitan bajas de enfermedad. Los que trabajan, aunque estén enfermos, tampoco. En el régimen de precariado, una baja es interpretada como un defecto de fabricación. El propio trabajador interioriza el problema como una culpa. Así que se lleva la culpa al trabajo, aunque sea una costilla rota o una piedra en el riñón. Un estudio muy solvente del británico BMC Public Health Journal demuestra que el largo desempleo es causa de trastornos mentales, pero que el precariado multiplica las dolencias somáticas y amenaza tanto la salud como el paro. El trabajo precario suele tener línea directa con el estrés. Un amigo, camarero, con un problema lumbar, me cuenta que ni loco puede pedir la baja, por lo que ha convertido su cojera en una propiedad profesional. Su jefe es muy liberal: “Quiero que me digas siempre lo que piensas, aunque te cueste el puesto”.

Me dice: “¿Sabes? He descubierto que a todo el mundo le duele algo”.

Los expertos hablan de un “periodo de latencia” en la manifestación de los problemas de salud que provoca una crisis. Ese periodo se ha desbordado. Estamos en el españahogamiento. Creo que las bocas desahuciadas e hipotecadas han sido como el grito que retrató Edvard Munch, pero en colectivo. ¿No la oyen? Hay una gran red social del dolor, murmurando, españahogándose, mientras los políticos especulan qué hacer con sus pequeñas o grandes propiedades de poder. A mí no se me va de la cabeza la sencilla utopía para España del poeta amado por todas las desgracias: “Haz habitable tu ámbito”.

elpaissemanal@elpais.es

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